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El futuro está aquí. El año 2000 es el pasado. Nuestros viejos sueños se hicieron obsoletos. El futuro ya no es lo que fue.
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¿Queda algo por soñar? En 1875, el director de la oficina de patentes de los Estados Unidos presentó su renuncia. Decía que no quedaba nada por inventar. ¿Estarán igual de equivocados los que proclaman la muerte de la ciencia ficción?
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Dice mi amigo Gerardo Sifuentes, y dice bien, que “cualquier especulación que se haga en base a la tecnología actual palidece con los resultados que vivimos diariamente, basta con echarle un ojo a las noticias.” En un mundo donde las misiones espaciales de la NASA no tienen ningún interés para la mayoría de la gente, los narradores de lo fantástico tenemos que buscar nuestras historias en otro lado que no sea la tecnofilia.
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Asimov, Clarke, Heinlein… Nombres de viejos autores que pronto serán como los de las estrellas de Hollywood de los 30. Este medio necesita nuevos narradores. Pero ante un mercado editorial apático, de bajas ventas, quizá sea más difícil dar con ellos. Agradezcamos la existencia de blogs y websites. Agradezcamos la oportunidad de bajar novelas enteras y leerlas en nuevos formatos. Hay gente allá afuera escribiendo buenas historias.
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Despúes de todo, ni Heinlein ni Clarke ni Asimov eran tan buenos escritores. A cambio me quedo con Bradbury, Philip K. Dick y Stanislaw Lem.Y con todo aquel que cincuenta años después logre sorprendernos aunque en sus historias aparezcan robots con bulbos (no hay muchos escritores de éstos, todo hay que decirlo).
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Si leer a Isaac Asimov hoy en día es como escuchar un disco de jazz de los 50, ¿qué autores son el equivalente a oir un CD de Radiohead? ¿Y uno de Café Tacvba?
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Las historias no se terminan. No en un entorno crecientemente tecnificado, en una sociedad cada vez más dependiente de la ciencia y sus aplicaciones. Hagamos a un lado al techno-thriller y pongamos sobre la mesa la discusión: ¿Cómo nos están afectando las nuevas tecnologías? ¿De qué manera se modifica la sociedad a la luz de este entorno tecnológico en el que, entre otras cosas, la brecha entre ricos y pobres se ensancha?
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Si por literatura entiendo la posibilidad de decir cosas importantes sobre la existencia humana a través de elaboraciones ficticias (como un cuento o una novela por ejemplo), entonces cada vez habrá más vehículos narrativos para contar estas historias. Afortunadamente esto no se limita a las páginas impresas de los libros. Por si alguien no lo sabe, también existe la posibilidad de que haya literatura en los videojuegos, en los cómics, en los websites y hasta en los mensajes de texto de un teléfono celular. Hay que ser muy receptivos para encontrar estas nuevas formas narrativas. Y escuchar las historias que tienen que ofrecernos. Y contar las nuestras con estas herramientas. (Ojo, ludistas, no digo que abandonemos las narrativas tradicionales, más bien invito a enriquecerlas).
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¿Que el género está muerto? Mentira. ¿Qué si no ciencia ficción son la última cinta de Indiana Jones, la última de Batman, Hanckock, Wall*e y Hellboy 2, por citar algunas de las películas más exitosas de este año? La ciencia ficción no sólo vive, además de ello es buen negocio.
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Ah, ¿Usted se refiere a la ciencia ficción tradicional, escrita, a las viejas novelas de Larry Niven y Frank Herbert, por ejemplo? Qué puedo decir, el entorno editorial es un ecosistema competidísimo. No todas las especies sobreviven. Ahí están los westerns, por ejemplo. ¿Alguien sigue escribiendo novelas del viejo oeste? La respuesta es SÍ, hay un mercado de novelas de vaqueros. No es lo que fue hace 50 años. Ya el Llanero Solitario no es el héroe de los niños. Pero siguen exisitiendo. Fue un género que siguió los pasos de los dinosaurios y los coches de 8 cilindros. Los primeros evolucionaron en aves. Los segundos se convirtieron en compactos de 4 cilindros. ¿En qué evolucionará la CF? Me muero por saberlo.
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Coincido con Robert J. Sawyer cuando dice (citando a Joe Haldeman) que Star Wars es lo peor que le pudo pasar a la ciencia ficción. Desde entonces ha sido vista como entretenimiento masivo para adolescentes, sin capacidad de reflexión profunda. A cambio, quizá es de lo mejor que le pudo pasar al cine.
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¿No será que es una necedad el escribir novelas de ciencia ficción? ¿El buscar libros de ciencia ficción? ¿El leer ciencia ficción? Es un poco como los cómics de superhéroes: el que sólo lee eso se está perdiendo de cosas muy interesantes que hay fuera de su coto de caza. Pienso en los que sólo oyen heavy metal y nada más. O punk rock. O cumbia. O música clásica. Charles Baudelaire, Jorge Ibagüengoitia, Truman Capote y Sylvia Plath, por ejemplo, no escribieron una sola palabra que pueda considerarse ciencia ficción. Sería lamentable nunca leerlos por esa razón.
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Se ha dado en llamar slipstream (término acuñado por Bruce Sterling) a aquellas piezas literarias que brincan del subgénero a la literatura seria (lo que quiera que eso signifique). O al revés. Autores que han escrito novelas de este tipo son tan diversos como Carlos Fuentes, Michel Houllebecq, Cormac McCarthy, J.G. Ballard, Kurt Vonnegut, Julio Cortázar, Leopoldo Lugones, Joyce Carol Oates, Margarte Atwood, José Saramago, Doris Lessing, Juan José Arreola y hasta Amado Nervo, entre muchos otros, sin perder un ápice de credibilidad. Mmm, empiezo a sospechar que lo que tenemos aquí es un problema de etiquetas, de clasificación de anaqueles más que de contenidos.
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Me gusta escribir sobre robots y naves espaciales porque me gustan como metáforas de lo humano. Creo que ése es un derecho inalienable de cada narrador. Me gustan los policías y ladrones y he escrito una novela negra y estoy trabajando en otra nueva. Si me gustaran los calabozos y dragones a lo mejor escribiría una novela de fantasy. Todas estas imágenes son herramientas para contar historias. Una historia del llamado realismo sucio, por ejmplo, no es per se mejor que una de dragones. Lo que las hacen buenas (o malas, pésimas) son su capacidad para decirnos cosas profundas sobre quiénes somos.
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¿Y porqué no combinar el realismo sucio y los dragones si al autor le viene en gana?
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La literatura fantástica va a la alta. A los lectores les gustan las espadas y los hechiceros y los vampiros y los dragones. La ciencia ficción, se dice, va a la baja, menos en el mercado juvenil (como nos dice Cory Doctorow en su columna mensual de la revista Locus. Lo siento, no hay traducción). Síntomas interesantes.
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Durante casi 200 años (desde 1818) aquello que ahora llamamos ciencia ficción nos ha dicho cosas importantes sobre nosotros mismos. Nos conmovimos con la invasión marciana de H.G. Wells y con los sufrimientos del ciudadano Winston Smith. Con la microsociedad de los niños del Señor de las Moscas y las peripecias de Case en Chiba City. Nos horrorizamos con los dinosaurios clonados del Parque Jurásico y una y otra vez nos hicimos la misma pregunta: ¿qué le estamos haciendo al mundo con nuestras máquinas? La pregunta es más pertinente que nunca, con todos sus matices y derivaciones.
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Como bien acotó Alberto Chimal, quedan muchas historias por contar. Muchos futuros por explorar. Muchas distopías que revertir y muchos sueños por cristalizar. Si de algo ha servido este género durante los dos últimos siglos ha sido para renovar nuestra capacidad de asombro, que anda de capa muy caída. La consigna “Seamos realistas, pidamos lo imposible” cobra un nuevo sentido en el contexto de la creación y lectura de la ciencia ficción.
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Si la etiqueta bajo la que nos refugiamos desde que en 1926 Hugo Gernsback acuñara el término de ciencia ficción se desgastó, ello no implica que la glándula de los sueños se nos haya resecado. Imaginemos, imaginemos, dice mi amiga Rax. Ya los gerentes de mercadotecnia se encargarán de encontrarle un nuevo nombre. O no. Es lo de menos.
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“Cualquiera pudo predecir la invención del automóvil”, nos dice Barry N. Malzberg, “pero sólo un escritor de ciencia ficción pudo predecir los embotellamientos.” Y es que estoy convencido de que si el estado totalitario que vislumbraba Orwell en 1984 no existió nunca se debió, en parte, a la propia existencia del libro. Visto así, la ciencia ficción tiene alcances sociales importantes. El futuro no será de nadie. Pero alguien tendrá que soñarlo.